Jeremías
P or órdenes de Mariano Herrán Salvatti y Rubén Velásquez, ésa tarde se me canceló el permiso para salir al área femenil a hacer ejercicios. Ya llevaba tres días de castigo oficial; por tanto y siguiendo algunas reglas internas, envíe a doña Flor —mujer extraordinaria a quien dedico un capítulo en éste libro—, una breve carta en la que le pido envíe ella, una solicitud formal para que me dejasen irle a visitar. Años después, me enteré que el recado nunca le fue entregado. Así que debí quedarme solo en el área. Eran las 5 de la tarde cuando se abrieron las tres puertas que debíamos cruzar, en menos de dos ó tres metros, para salir al pasillo. Un guardia llevaba del brazo a un hombre menudo, extremadamente flaco, de menos de un metro y medio de estatura. —Aquí te quedas, cabrón; te lo encargo, Ksheratto —dijo en tono autoritario. Se quedó sentado, con la mirada clavada en el rugoso piso. Sus ojos eran diminutos; la nariz, puntiaguda y los labios delgados. Sobre su ros...