El Capitán
P edro, un indígena de cabello desalineado, moreno y de baja estatura, estaba sentado en las gradas que daban hacia la segunda planta del módulo donde fui asignado por la mañana. Eran las 11 del día y el frío era insoportable. Con solo la camisa del uniforme, recibió deliberadamente un cubetazo de agua de otro reo. Bajó la cabeza y empezó a temblar del frío. —¡Quítate de ahí, pinche indio pendejo! —le gritó furioso el sujeto que había lanzado la cubeta de agua sobre él. —No lo estoy haciendo nada a vos —respondió camino al patio principal, titiritando escandalosamente y tratando de hacer resbalar el agua de su enjuto cuerpo. —¿¡A dónde vas!? —le gritó otro prisionero. — ¡Vení a limpiar los baños! —le ordenó. Entre empellones, imprecaciones y risotadas del resto de reos, le vi limpiar con las manos, las sucias tazas de los sanitarios; los insultos y humillaciones eran indignantes. La única vez que levantó la cabeza para tratar de escuchar bien a su compañero de prisión que l...