Don Arturo
S entado sobre piso de su celda, don Arturo, rara vez volteaba hacía la puerta para dejar ver su dentadura maltratada, detrás de una lúgubre sonrisa que acompañaba con un ademán de adolorida displicencia. Otras veces, su mirada obligaba a ignorarlo pues se notaba cargada de odio, de ira y una profunda intención de violentarse. Las horas le arrebataban cada instante de vida y solo la recobraba cuando el repartidor de comida se asomaba por la reja para dejar los desperdicios de un restaurante de lujo, que en calidad de “alimento” era enviada para ser consumida por los reos. En la profundidad de sus inescrutables pensamientos, la imagen de su familia se niega a abandonarle y recuerda con insistencia a su mujer, cuyo nombre ha ahogado en su dolor de hombre, en aquella insalvable prisión a la que llegó acusado de delitos que le resuenan en la mente, aunque la memoria no atina a acomodarlos en sus ratos de posible lucidez. Por las noches habla largamente con Vicenta, su mujer ausente p...