El Byron
P rometí dar nombres y apellidos, pero por prudencia, los reservo para proteger a los protagonistas, cuyas sentencias son ya, una pesada carga para ellos. Cambiaré, por tanto, sus nombres. Eran dos jóvenes que al principio, lo confieso, me dieron miedo. Tatuajes por todos lados de su cuerpo y un lenguaje aterrorizante. Rebasaban, por mucho, lo vulgar. Uno de ellos, reservado, como un hombre maduro, indispuesto a trabar conversación con nadie. Eso sí, amable, caballeroso, pero disparaba amenazas apenas le llegaba la oportunidad. El otro, un desmadre completo. Le valía un sorbete contar su historia. “Mire jefe —me dijo una noche— yo estoy capacitado para matar a todos ustedes, estoy loco, pero no lo hago porque me dan lástima”. Me dejó pensando. Conozco la forma de vida y actitudes de los “Maras Salvatruchas” y ello me dio la completa percepción que cualquier día, amanecería descuartizado. Las lágrimas tatuadas en su rostro, me aseguraron que eran tipos de tomar muy en cuenta. Y no...