Doña Flor
S u mirada me recordó la de un águila a punto de atrapar a su presa: profunda, escudriñadora, amenazante. Sentí sus ojos como flechas cuando me acerqué al anaquel donde exhibía galletas, dulces, cigarros. —¿Qué desea, joven? —Me preguntó con la voz ronca y fuerte. —Café, cigarros y pan de Coita, si tiene —le dije sin dejar de verle a los ojos; tenía en su mirada la seña de ser una mujer de carácter fuerte. En la prisión es una regla no escrita, no ver directamente a los ojos al resto de prisioneros. Se considera una ofensa, un reto. —Cigarros, café y galletas, si quiere; pan de Coita, solo que vaya usted a traerlo ahorita—. Y me trae unos a mí, porque ya se me antojaron. ¿Es usted de Coita? —No; de Tuxtla. Y si me espera, voy y regreso con su pan coiteco. Soltó una carcajada que hizo trizas el hielo inicial. Ya me habían advertido que la señora, era de armas tomar. Muy poca de dar confianza a la gente. Escogí una mesa y me senté a esperar el café, mientras ella lo preparab...