Área 72
E n la celda de castigo, como a eso de las tres de la tarde del 15 de febrero, los gritos de las mujeres castigadas eran ensordecedores. Apenas las ventanas de la nariz y el labio superior de la boca, se distinguían detrás de la diminuta rejilla. Una de ellas me pidió una botella de agua y le dije que era imposible conseguirla en esa zona del penal. —O unas moneditas de a diez pesos para mandar al estafeta a comprarlas, no seas gacho —suplicó. Pedí al guardia que nos colocásemos detrás de las cámaras de vigilancia y me quitara los grilletes para sacar unas monedas y éste, apenado por la situación de las prisioneras, accedió y me confió que, afortunadamente, la cámara de esa esquina no servía desde hacía tiempo. —Casi ninguna sirve, nomás están de adorno —aunque de sobra sabía que captaban todos los movimientos. Me acerqué y pasé las monedas por la rendija que servía de ventana a la celda y le pedí a la interna castigada que se hiciese para atrás para echar un vistazo al inter...