La vida sigue
L os síndromes de Estocolmo y Oslo de pronto son, en la cárcel, una realidad infranqueable. Se mezclan sin darnos cuenta; nos imbuyen de tal forma que la delgada línea entre preso y carcelero, se rompe con frecuencia. Impensable, eludir cuanto se hace realidad en los pequeños módulos donde a la larga, policías y reos nos vemos como iguales; cuando se tiene que atener a los dictados de un grupo de hombres y mujeres uniformados de tal manera que, si no imponen, por lo menos muestran rasgos de desconfianza. Es común, sin embargo, que con el pasar de los días, los lazos afectivos —con todo y lo crueles que pudieran ser los carceleros— se van afianzando. Eran sanguinarios y llevaderos a la vez. Tan desalmados que, por ejemplo, a un policía que había perdido una oreja en quién sabe dónde y bajo qué circunstancias, sus mismos compañeros le apodaban “El tarro cervecero”, por su afición a la cerveza y por tener solo una oreja. Tan llevaderos que hubo ocasiones en que encerrábamos en una de ...